viernes, 14 de enero de 2011

El Lamento del Mar

-¿Puedes poner tu mano contra el cielo azul y ver que de los dedos salen rayos de arcoíris?-


Aquella niña rubia con ojos color de mar debía tener unos 7 años, y todas las mañanas, cuando recogía a mi mujer del colegio privado en el que trabajaba, se acercaba a mí con el entrecejo fruncido y me hacía la misma extraña pregunta... (Aunque jamás le di valor alguno debido a la importancia de los asuntos que tenía en mente).


Mi vida era extraordinaria; mi mansión, mis coches, mi bella mujer, mis ‘amantes`, el golf… El lujo era el diamante que brillaba en el aro de mi vida sin límites, y algunos aún se atrevían a cuestionar mi merecido trabajo especulando sobre su peligro; proporcionar energía al mundo entero. ¿Qué peligro iba a haber en eso?


Mi sueño era la riqueza, mi dios el esplendor; y mi deseo, multiplicar por diez mi sueño y mi dios. Qué equivocado estaba…


Maldito día aquel que me telefonearon en la madrugada… No tuve que escatimar tanto dinero en los materiales de aquella plataforma petrolífera… Quién me diría a mí que estallaría de esa forma, dejando 11 trabajadores muertos… A pesar de mi angustia, una ligera sonrisa se abría paso entre mis labios cuando cavilé que me sobraba dinero para solventar aquella situación.


Cuando bajé de mi coche cerca de la plataforma incendiada, lo primero que me llamó la atención fue un rechinamiento casi mudo que poco a poco se extinguía entre un mar negro. La situación era peor de lo que me pensaba. Me acerqué a la playa y decenas de gaviotas con los pulmones encharcados de petróleo mantenían una batalla entre la vida y la muerte; en ese momento me di cuenta de que aquel chirrido que escuchaba desde el coche, eran las gaviotas muriendo.


Miles de seres vivos agonizaban entre aquella pasta turbia que lo cubría todo, miles de animales libres con la mirada embadurnada en negro, ya sólo veían el lúgubre color de la muerte que les aguardaba: oscuridad absoluta.


Sin apenas pensarlo, me introduje en las aguas contaminadas para ayudar a las aves que intentaban respirar. El petróleo me salpicó por el aleteo de las gaviotas, y al quitarme el vertido de la cara, me bastó un solo segundo para morir. Mi mano derecha quedó atravesada en el cielo, y entre lágrimas pensé en aquellos ojos color de mar… -¿Puedes poner tu mano contra el cielo azul y ver que de los dedos salen rayos de arcoíris?-


No… Puedo poner mi mano contra un cielo oscuro y lleno de humo, y ver que de mis dedos salen gotas de lodo…


Ese era mi cielo y mi mar, mi creación; mi esplendor…


Ahora estoy solo, en mi despacho, apuntándome con una pistola. Mi mujer me acaba de llamar asustada, los padres de una niña de su colegio habían muerto tras la explosión de una plataforma petrolífera de BP, mi empresa. Al preguntarle de quién se trataba, dejé el móvil caer al suelo. –Los padres de aquella niña que siempre te preguntaba, ¿la recuerdas?-.


Crear mi absurda vida con la muerte, sembrar veneno y recoger dinero… Mi sueño y mi dios cubiertos de negro... Un chasquido anunciaba que ya había una bala en la recámara. Esto es lo único que merezco: oscuridad absoluta.

1 comentarios:

Cynthia dijo...

¡Que trágico! Pero me gusta la niña, y me gusta poner la mano contra el cielo azul y ver que de los dedos salen rayos de arcoíris.

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